jueves, 22 de marzo de 2007

DEPRESION.

Me he metido en honduras. No sé desde hace cuánto tiempo ni cómo comenzó todo. Sólo sé que la montaña rusa de la vida se ha vuelta una línea recta, un valle interminable, una sumersión. Las luces han comenzado a apagarse, lentamente, con pesar, como en el itinerario nocturno de un hombre descalzo, recorriendo habitación por habitación, presionando interruptores, antes de ir a acostarse solo, solo con sus recuerdos, en una cama nueva, con olor a viejo. Cuando se está deprimido todo tiene olor a viejo... a dolor recalentado... a fondo quemado de olla de cocina... a papel confort.. a suelo, todo tiene olor a suelo... sabor a limpiapisos, químico e industrial... El fracaso es una producción en serie... El olvido, una derrame intencional de cloro en el óleo de la memoria. El cardiograma sólo arroja una línea verde y plana, un fondo negro y un pito en el oído.

Una cosa es cierta: un hombre es producto de sus circunstancias, y, ellas, en alguna medida, son el producto de la responsabilidad del hombre, creo, en verdad. Pero es probable que la depresión sea sólo una geografía y no una nacionalidad. Un estado y no una consecuencia. Un accidente del destino y no el destino de mis accidentes. ¿Causa o efecto? ¿Rabia o solidaridad? ¿La mirada o el espejo? ¿Soy yo quien soy y quien debo ser? ¿O soy víctima de mi propia enfermedad? ¿Soy mi enfermedad? ¿Soy algo distinto a mi enfermedad? ¿Puedo ser diferente? ¿Si pudiera revivir mi vida, podría haber actuado distinto? Les diré lo que opino: Creo que la fatalidad persigue a los que creen en ella, y deprime a los que no, hasta que resignan sus fuerzas y las ganas de culparse a sí mismos... hasta que se pierden de vista. En la depresión, uno sólo es lo que ha perdido.

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